Una muerte en pequeñas dosis
El silencio era tan grande que podía escuchar el latido de su corazón exaltado. Podía tocar su miedo y oler su cansancio. El tiempo se había detenido. En realidad, se había vuelto más lento. Todo parecía transcurrir como en una vieja película muda, tan lento, tan despacio. Sólo su corazón latía con fuerza, parecía que quería salir corriendo de su pecho. Contrastaba con el ambiente aletargado. Y, como si alguien controlara el entorno, nuevamente todo comenzó con su vertiginoso ritmo. Los coches, el ruido, la gente, su respiración. Había sido una muerte corta. Una pequeña muerte, una combustión interna. Un renacer. Cuántas vidas ha vivido desde entonces, desde siempre. Muchas muertes. Pequeños orgasmos de vida. Un futuro incierto. Tal vez, uno de esos días, una de esos insignificantes desesos se convertirá en el definitivo. Él lo sabe, lo intuye, lo degusta en cada trago de saliva. Sin embargo, no le queda más que esperar, desde su inmovilidad, desde su silencio, en esa oscura y solitaria cama de hospital, a que, de una buena vez por todas, termine de morir.










