Las voces
La noche cayó y con ella los escondidos horrores se manifestaron. El sudor helado, el temblor en las manos, el espanto y la paranoia se apoderaron de sus sentidos. Las sombras le podrucían un pavor fuera de dimensiones pero las voces, ¡las voces!, esas ruidosas voces, lo expulsaban completamente de la realidad y lo sumergían en un estupor horrendo. Una tortura cual Dantesca, que lo obligaba a hacer su refugio abajo de su cama. Así noche tras noche, viendo escurrir lentamente los minutos, ansiaba la hora en la que el amanecer lo tocara con la paz de la luz.
Sus ojeras eran cada vez más notorias y su nerviosismo aumentaba a medida que las noches se hacían días y el tiempo sin dormir se acumulaba. Vivía en una cárcel amarga, solitaria y dolorosa. Desprotegido ante su turbación no encontraba otro consuelo más que rezar. Nunca había sido creyente. No estaba seguro que existía algún dios y la iglesia -todas las iglesias-, se le hacían una interminable pantomina. A pesar de eso, algo había en rezar que le producía una profunda calma. Era un consuelo que le ayudaba a matar el tiempo y a que la mañana pareciera más cercana.
No recuerda con exactitud el primer ataque de pánico. Tal vez fue después de aquella carta. O después del entierro. No recuerda cuándo las voces comenzaron a emerger del silencio y las sombras tomaron formas y actitudes humanas. Terroríficas. Tal vez fué cuando se defraudó así mismo en uno y otro acto de cobardía. Cuando soltó las formas y las tradujo en pensamientos. Si, seguramente fue ese día. En el que tomó el auto a un viaje sin destino y regresó vacío, tan vacío como la nada pero tan lleno de vacío. No hubo cabida para nada más. Las voces, ahora lo recuerda con tanta claridad, comenzaron a murmurar despacio, tímidas, discretas para tomar fuerza con cada noche y gritar sin piedad para ser escuchadas. Las noches avanzan, con ella el miedo se refuerza y se vuelve intolerable. Un día el estupor por fin se detuvo. La noche cayó. El miedo se evaporó y la paranoia se fue con el último suspiro. Sin embargo, las voces continuan. Se encuentran mudas, asechando desde la obscura esquina, estudiando desde lejos, al que será su próxima víctima.
Sus ojeras eran cada vez más notorias y su nerviosismo aumentaba a medida que las noches se hacían días y el tiempo sin dormir se acumulaba. Vivía en una cárcel amarga, solitaria y dolorosa. Desprotegido ante su turbación no encontraba otro consuelo más que rezar. Nunca había sido creyente. No estaba seguro que existía algún dios y la iglesia -todas las iglesias-, se le hacían una interminable pantomina. A pesar de eso, algo había en rezar que le producía una profunda calma. Era un consuelo que le ayudaba a matar el tiempo y a que la mañana pareciera más cercana.
No recuerda con exactitud el primer ataque de pánico. Tal vez fue después de aquella carta. O después del entierro. No recuerda cuándo las voces comenzaron a emerger del silencio y las sombras tomaron formas y actitudes humanas. Terroríficas. Tal vez fué cuando se defraudó así mismo en uno y otro acto de cobardía. Cuando soltó las formas y las tradujo en pensamientos. Si, seguramente fue ese día. En el que tomó el auto a un viaje sin destino y regresó vacío, tan vacío como la nada pero tan lleno de vacío. No hubo cabida para nada más. Las voces, ahora lo recuerda con tanta claridad, comenzaron a murmurar despacio, tímidas, discretas para tomar fuerza con cada noche y gritar sin piedad para ser escuchadas. Las noches avanzan, con ella el miedo se refuerza y se vuelve intolerable. Un día el estupor por fin se detuvo. La noche cayó. El miedo se evaporó y la paranoia se fue con el último suspiro. Sin embargo, las voces continuan. Se encuentran mudas, asechando desde la obscura esquina, estudiando desde lejos, al que será su próxima víctima.

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