Con la meticulosidad propia de un cirujano la he depositado sobre la cama donde los instrumentos me esperan ansiosos por ser usados. El nerviosismo se apodera de mí y mis manos se vuelven torpes y mis movimientos acartonados. Cierro los ojos y respiro profundo. Siento cómo el aire circula lenta y apaciblemente dentro de mi cuerpo e intento enfocar mi atención en él. Me siento más tranquilo. ¿Debo atarla?. La miro de reojo pues me siento un poco avergonzado por la rudeza con la que la saqué de su escondite. Desde la penumbra puedo percibir su exitación, parece estar asustada. ¿Escapará? ¿Debo hablarle para tranquilizarla?. Creo que es un poco tarde para explicaciones aún así me gustaría justificar mi conducta y culpara a mi inexperiencia. No es la primera vez que la lastimo pero creo, será la última. Mi edad ya no me alcanza para aventuras y mi cuerpo ya no me responde con la aguilidad de antaño. Probablemente debí haber hecho esto hace años, cuando era un joven y tenía la vida tendida a mis pies, o tal vez eso creía yo. Los recuerdos se sientan como espectadores. Les ruego guarden silencio puesto que no quiero que su miedo se convierta en pánico. Miro los instrumentos y decido comenzar. No sé por dónde hacerlo, mi oficio de lustrador de zapatos no me hace un experto. En el fondo, no soy más que un humilde viejo que intenta llenar su soledad. Ruego a los pensamientos guarden nuevamente silencio, el ruido impide me concentre. Me siento en el lecho, tímido y condescendiente. Tomo la cera y comienzo a untarla por todo su cuerpo. No la calenté primero, pido disculpas pues está muy fría. Ella, sin embargo, guarda silencio. Al recorrer su cuerpo puedo percibir, en partes de su anatomía, un esplendor olvidado. Un belleza de antaño, enterrada bajo el paso del tiempo. ¡Cómo nunca la percibí antes!. Tomo el trapo y comienzo a frotar. Primero los brazos. Recuerdo los tambores, la guerra, las mujeres y las fiestas; que algún día me enamoré y aún así tomé mis cosas y comencé a vagar sin rumbo; sin raíces, alejándome siempre de lo profundo y disfrutando de los placeres mundanos. Cambio de brazo y continuo frotando.
Un buen tabaco, unas copas y mujeres siempre fueron la combinación perfecta para aprovechar la vida. Fue la única certeza que he tenido, hasta hoy, que el olor a muerte me ronda y sé que mis minutos están contados. Me doy cuenta que me he vuelto a distraer, desde que empecé a envejecer sucede muy seguido, más seguido de lo que me gustaría. Ahora le hablo, imaginando que me escucha pues supongo su indignación debe ser muy grande. Sé que me abandorá pronto. Al morir yo será muy fácil. He terminado. La coloco nuevamente en la cama y con la poca luz que llega desde la farola de la calle puedo percibir su ruda belleza. Me siento satisfecho y quiero imaginar que sonríe. Me acuesto a su lado y cierro los ojos. Escucho cómo los pasos de la diosa obscura se acercan de manera firme. La tomo de la mano y, con lágrimas en los ojos, le pido disculpas por tanto olvido. Me sumerjo poco a poco en un plácido sueño. Le digo adiós en silencio. Ella se levanta, tranquila, y enciende la luz. Mira su reflejo frente al espejo. Brilla. No se reconoce. Está ansiosa, entre feliz y triste. Muy desorientada. Toma un cigarro, lo enciende y me da un beso en la mejilla. Por fin es libre y, sin embargo, no sabe qué hacer. Toma un pedazo de cartón y escribe algo. Sale del departamento en ruinas, pensando en el porvenir y cierra con cuidado la puerta. Se aleja silbando una vieja canción de juergas.
La vida al parecer, no fue fácil para ella. He escuchado decir por ahí que se le ha visto, en una esquina, sentada y sucia, vagabunda. Cuentan que ha perdido la razón y muestra su gastado letrero a los asustados transeúntes: alma huérfana busca dueño. Fuí limpiada una vez. Siempre guardo silencio.