martes 10 de febrero de 2009

Momentos fallidos

Después de una eternidad de silencios abrió los ojos y se había convertido en polvo; el lugar que habrían de ocupar sus sentidos había dejado paso a los olores enmohecidos del recuerdo, despitando el rocío del cielo y la quietud del mar.

Pretendió esbozar un pensamiento o tan sólo promulgar una efímera sonrisa pero sus brazos y sus pies estaban amordazados por su inexistente corporeidad.

Aún así, golpeaba precipitadamente las paredes de su cárcel, provocando inmensos torbellinos de melancolía…la desesperación de haberse reducido a millones de partes de la nada, confundía los ligamentos de su imaginaria cabeza….no era nada y, sin embargo, en el ambiente flotaban suspendidos trozos de recuerdos, desfigurados por el paso del tiempo.

Se escuchaban voces roídas que, imperceptibles, invocaban sueños, recordaban que algún día recordaban, sin fijar tan sólo un segundo su recuerdo.

La lúdica oscuridad de los silencios es una cárcel aterradora…su nueva constitución palpitaba entre el murmullo incansable de la soledad, pretendiendo encontrar la luz que lo transportara a nuevos senderos o que lo arrojara una vez más, pero para siempre, al valle ardiente de las brasas y los momentos fallidos.

lunes 6 de octubre de 2008

Las voces

La noche cayó y con ella los escondidos horrores se manifestaron. El sudor helado, el temblor en las manos, el espanto y la paranoia se apoderaron de sus sentidos. Las sombras le podrucían un pavor fuera de dimensiones pero las voces, ¡las voces!, esas ruidosas voces, lo expulsaban completamente de la realidad y lo sumergían en un estupor horrendo. Una tortura cual Dantesca, que lo obligaba a hacer su refugio abajo de su cama. Así noche tras noche, viendo escurrir lentamente los minutos, ansiaba la hora en la que el amanecer lo tocara con la paz de la luz.
Sus ojeras eran cada vez más notorias y su nerviosismo aumentaba a medida que las noches se hacían días y el tiempo sin dormir se acumulaba. Vivía en una cárcel amarga, solitaria y dolorosa. Desprotegido ante su turbación no encontraba otro consuelo más que rezar. Nunca había sido creyente. No estaba seguro que existía algún dios y la iglesia -todas las iglesias-, se le hacían una interminable pantomina. A pesar de eso, algo había en rezar que le producía una profunda calma. Era un consuelo que le ayudaba a matar el tiempo y a que la mañana pareciera más cercana.
No recuerda con exactitud el primer ataque de pánico. Tal vez fue después de aquella carta. O después del entierro. No recuerda cuándo las voces comenzaron a emerger del silencio y las sombras tomaron formas y actitudes humanas. Terroríficas. Tal vez fué cuando se defraudó así mismo en uno y otro acto de cobardía. Cuando soltó las formas y las tradujo en pensamientos. Si, seguramente fue ese día. En el que tomó el auto a un viaje sin destino y regresó vacío, tan vacío como la nada pero tan lleno de vacío. No hubo cabida para nada más. Las voces, ahora lo recuerda con tanta claridad, comenzaron a murmurar despacio, tímidas, discretas para tomar fuerza con cada noche y gritar sin piedad para ser escuchadas. Las noches avanzan, con ella el miedo se refuerza y se vuelve intolerable. Un día el estupor por fin se detuvo. La noche cayó. El miedo se evaporó y la paranoia se fue con el último suspiro. Sin embargo, las voces continuan. Se encuentran mudas, asechando desde la obscura esquina, estudiando desde lejos, al que será su próxima víctima.

miércoles 1 de octubre de 2008

Otoño en mi alma

Y las lunas caen y el corazón se transforma. Una reinvención constante, una obra de arte perpetua, un borrador redibujado una y otra vez. Una gota que resbala con fuerza del vidrio de la ventana. Una lágrima que desaparece y una sonrisa que emerge de los pinceles amordazados. El silencio que se transforma en grito. El dolor que emprende su vuelo. La magia que flota en la risa. Los sueños que cambian de color. Las nubes que se sumergen en el viento. La piel que se dibuja en misterio. Las calles húmedas con los pasos de la lluvia. La escencia vuelta a nacer. Transformación perpetua. Con el otoño evoluciono. Se caen mis hojas marchitas para dar paso al crudo invierno que limpie todo y fertilice mi alma para la primavera de la creación. Bienvenido seas, una vez más, otoño.

jueves 22 de mayo de 2008

De cabeza

Y hoy, el mundo está torcido. Transitando por las calles, me he topado con que hoy, las personas caminan de cabeza. Es un tanto desconcertante, puesto que en lugar de sus rostros veo de manera rápida y de reojo, su par volteado de zapatos. He visto hoy zapatillas, zapatos deportivos, botas y sandalias coquetas. Los he visto de todos colores y tamaños. Algunos gastados y otros tan nuevos que diría nunca han sido usados. ¿Qué tanto puedo saber de alguien si sólo puedo verle los zapatos?. Generalmente me gusta sonreír por la calle o hurgar entre las expresiones ajenas. Es interesante observar su mirada e imaginar qué estarán pensando. Me entretiene crear la historia de sus vidas y adivinar sus más profundos secretos. Hoy, sin embargo, el mundo ha dado la vuelta y, con ello, mis prejuicios. Ya no puedo suponer que la mujer con mirada baja está triste o el hombre con media sonrisa tuvo un sexo espectacular esta mañana. Nisiquiera si la pareja que está a mi lado en el tren, con aire distante y aburrido, es realmente feliz o sólo están matando el tiempo en lo que llega la persona adecuada. Puedo suponer, tal vez, que el par de zapatillas delicadas que vi esta mañana se encontraban un poco molestas por la tira que se le desprendió a una de ellas; que los mocasines mal lustrados se despertaron tarde y están teniendo un mal día o que las zapatillas deportivas, rojas y gastadas, son felices. Tal vez que la pareja de zapatos de tacón y de vestir, de buena y cara marca, que caminaban lento y pesado en el parque, estaban resolviendo diferencias maritales pero que, al final del día, terminarán abrazados viendo el atardecer. Abriré los límites de mi mente y trataré de guiarme tan sólo por mi intuición. Es difícil crear nuevos prejuicios. Lleva toda una vida y el esfuerzo es grande. Es demasido trabajo y no tengo la certeza del tiempo que durará esta novedosa organización del mundo. Mañana, tal vez, sólo veré transitar almas o pensamientos. Con suerte, un día me tope con corazones o tal vez sólo con reflejos en el espejo. Mientras tanto, limpiaré un poco las suelas de mis zapatos y me pintaré y cortaré las uñas de los pies. Puliré mi nueva máscara para que, la gente que para mí está de cabeza, y sólo verá mis pies, pueda pensar que le sonrío como siempre.

Reflexión

No hay nada más funesto y caótico que los ángeles suban al cielo y destrocen sus alas a puñetazos.

miércoles 21 de mayo de 2008

Huérfana busca.

Con la meticulosidad propia de un cirujano la he depositado sobre la cama donde los instrumentos me esperan ansiosos por ser usados. El nerviosismo se apodera de mí y mis manos se vuelven torpes y mis movimientos acartonados. Cierro los ojos y respiro profundo. Siento cómo el aire circula lenta y apaciblemente dentro de mi cuerpo e intento enfocar mi atención en él. Me siento más tranquilo. ¿Debo atarla?. La miro de reojo pues me siento un poco avergonzado por la rudeza con la que la saqué de su escondite. Desde la penumbra puedo percibir su exitación, parece estar asustada. ¿Escapará? ¿Debo hablarle para tranquilizarla?. Creo que es un poco tarde para explicaciones aún así me gustaría justificar mi conducta y culpara a mi inexperiencia. No es la primera vez que la lastimo pero creo, será la última. Mi edad ya no me alcanza para aventuras y mi cuerpo ya no me responde con la aguilidad de antaño. Probablemente debí haber hecho esto hace años, cuando era un joven y tenía la vida tendida a mis pies, o tal vez eso creía yo. Los recuerdos se sientan como espectadores. Les ruego guarden silencio puesto que no quiero que su miedo se convierta en pánico. Miro los instrumentos y decido comenzar. No sé por dónde hacerlo, mi oficio de lustrador de zapatos no me hace un experto. En el fondo, no soy más que un humilde viejo que intenta llenar su soledad. Ruego a los pensamientos guarden nuevamente silencio, el ruido impide me concentre. Me siento en el lecho, tímido y condescendiente. Tomo la cera y comienzo a untarla por todo su cuerpo. No la calenté primero, pido disculpas pues está muy fría. Ella, sin embargo, guarda silencio. Al recorrer su cuerpo puedo percibir, en partes de su anatomía, un esplendor olvidado. Un belleza de antaño, enterrada bajo el paso del tiempo. ¡Cómo nunca la percibí antes!. Tomo el trapo y comienzo a frotar. Primero los brazos. Recuerdo los tambores, la guerra, las mujeres y las fiestas; que algún día me enamoré y aún así tomé mis cosas y comencé a vagar sin rumbo; sin raíces, alejándome siempre de lo profundo y disfrutando de los placeres mundanos. Cambio de brazo y continuo frotando.
Un buen tabaco, unas copas y mujeres siempre fueron la combinación perfecta para aprovechar la vida. Fue la única certeza que he tenido, hasta hoy, que el olor a muerte me ronda y sé que mis minutos están contados. Me doy cuenta que me he vuelto a distraer, desde que empecé a envejecer sucede muy seguido, más seguido de lo que me gustaría. Ahora le hablo, imaginando que me escucha pues supongo su indignación debe ser muy grande. Sé que me abandorá pronto. Al morir yo será muy fácil. He terminado. La coloco nuevamente en la cama y con la poca luz que llega desde la farola de la calle puedo percibir su ruda belleza. Me siento satisfecho y quiero imaginar que sonríe. Me acuesto a su lado y cierro los ojos. Escucho cómo los pasos de la diosa obscura se acercan de manera firme. La tomo de la mano y, con lágrimas en los ojos, le pido disculpas por tanto olvido. Me sumerjo poco a poco en un plácido sueño. Le digo adiós en silencio. Ella se levanta, tranquila, y enciende la luz. Mira su reflejo frente al espejo. Brilla. No se reconoce. Está ansiosa, entre feliz y triste. Muy desorientada. Toma un cigarro, lo enciende y me da un beso en la mejilla. Por fin es libre y, sin embargo, no sabe qué hacer. Toma un pedazo de cartón y escribe algo. Sale del departamento en ruinas, pensando en el porvenir y cierra con cuidado la puerta. Se aleja silbando una vieja canción de juergas.
La vida al parecer, no fue fácil para ella. He escuchado decir por ahí que se le ha visto, en una esquina, sentada y sucia, vagabunda. Cuentan que ha perdido la razón y muestra su gastado letrero a los asustados transeúntes: alma huérfana busca dueño. Fuí limpiada una vez. Siempre guardo silencio.

domingo 11 de mayo de 2008

Duerme, duerme corazón.

Hoy amanecí con ganas de matarte. Quisiera poder recrear una historia elaborada. Tener un motivo profundo o si acaso poder apelar a un ataque de locura temporal. La pérdida de la razón resulta ser una coartada sencilla y eficaz para justificar un asesinato. Sin embargo, no tengo mas excusa que la del profundo deseo que me asaltó al despertar esta mañana. Debo confesar me llena de vergüenza la simpleza de mi acto. Observo delicadamente la silueta de tu cuerpo y percibo la perfección de sus líneas. Tu rostro perfecto, como muñeca de porcelana, descansa en la almoada como una pieza fina de decoración. Estas tan quieta, tan inmóvil y etérea y, sin embargo, nunca habías estado más bella. Es un acto vil que algo tan hermoso como tú desaparezca de una manera tan banal. Aún así, no me arrepiento. Mis emociones se mueven como remolinos de agua creados por niños inquietos en una alberca cualquiera. Me llena de júbilo haber satisfecho mi deseo. Las lágrimas corren por mis mejillas al ver concluído el acto. Me gustaría quedarme, sin embargo, se hace tarde, es hora de partir. Es una lástima no poder contemplar más tiempo la perfección de tu sueño. Te doy un beso en la mejilla y te digo entre susurros: duerme, duerme corazón. Me doy la vuelta y con paso lento me alejo en silencio. La luz se apaga lentamente. No queda ningún pensamiento. Duerme, duerme corazón. Son las últimas palabras que escucho, a lo lejos.